El aire parecía haberse vuelto más denso. Ana aún tenía la mano en la puerta del taxi cuando Martín la sujetó del brazo. Su mirada era una mezcla de furia y desconcierto, como si no pudiera creer lo que veía.
—Te estoy hablando, Ana —dijo con voz tensa, apretando un poco más su agarre—. ¿Qué haces aquí? ¿Con ese tipo?
Ella trató de soltarse con discreción, pero él no cedió. Sentía las miradas sobre ellos, la del taxista desde el espejo, y la de Leonardo a través del ventanal del restaurante,