El día había sido largo, y aunque el reloj marcaba apenas las seis y media, Ana sentía el cuerpo pesado, como si todas las horas que había pasado tratando de concentrarse en su trabajo se le hubieran pegado a la piel.
Al salir del edificio, respiró profundo, intentando liberar la tensión que aún le oprimía el pecho. No podía borrar de su mente aquella conversación con Leonardo Santori; cada palabra, cada mirada, se repetía en su cabeza como un eco persistente.
Tomó el bus que la llevaba hasta