Clara apenas alcanzó a asomarse por la ventana cuando el golpe seco en la puerta retumbó por segunda vez. Su corazón se aceleró al reconocer la silueta de Martín, erguido en el marco, con la misma expresión de arrogancia que siempre llevaba como armadura. Por un instante, pensó en no abrir, en fingir que no había nadie en casa, pero el hombre volvió a tocar, esta vez más fuerte, haciendo que la puerta vibrara bajo su mano.
Ana, que estaba sentada en el sofá con una taza de agua entre las manos