La tarde del viernes llegó más rápido de lo que Ana hubiese querido. Desde temprano había dejado listo el vestido, los zapatos y los accesorios sobre la cama. Aun así, al mirarlos, una mezcla de emoción y miedo la envolvía.
Se dio una ducha larga, dejando que el agua tibia acariciara su piel y borrara un poco la tensión acumulada en los hombros. Al salir, se miró al espejo y apenas reconoció su reflejo. Su cabello, que solía llevar recogido de manera descuidada, lo dejó suelto, con ondas suaves