Ana y Clara seguían en el centro comercial cargando solo un par de bolsas pequeñas. La tarde se sentía fresca, y el murmullo de la gente a su alrededor les daba una sensación de normalidad que Ana no había experimentado en días. Cada paso entre las vitrinas, cada risa de los visitantes, parecía recordarle que aún podía disfrutar de pequeñas cosas, aunque Martín siguiera con su indiferencia habitual.
—Al menos terminamos con lo más pesado —dijo Clara, ajustando una bolsa en su brazo—. Ahora solo