El amanecer se filtraba por las cortinas, pintando la habitación con tonos dorados. Ana abrió los ojos lentamente, aún con la sensación tibia que le había dejado la conversación con Julián la noche anterior. Por primera vez en años, despertaba con una sonrisa dibujada en el rostro.
Se giró con cuidado para no despertar a Martín, pero ya era tarde. Él estaba sentado en la orilla de la cama, calzándose las medias, con el ceño fruncido.
—¿Y a ti qué te pasa? —preguntó sin mirarla, con voz áspera