La noche cayó serena, como si nada malo pudiera ocurrir. Ana estaba cansada después de un día largo, pero la sorpresa de ver a Martín llegar más tranquilo de lo usual le llenó el pecho de una extraña esperanza. Él no llegó con gritos ni reproches, sino con una bolsa en la mano y una sonrisa casi tímida.
—Te traje algo de cenar —dijo, mostrando una caja con pollo asado y arepas recién hechas.
—¿De verdad? —Ana abrió los ojos, incrédula.
—Sí… pensé que podíamos comer juntos. Como antes.
El corazó