En la tercera jornada pedí la palabra.
El Primer Receptor me la concedió sin pausa. La sala ajustó su peso — el Consejo al frente, Crisanto a la izquierda, los tres hermanos detrás.
La hacienda sosteniendo todo desde sus paredes de piedra volcánica que llevaban trescientos años absorbiendo conversaciones importantes y que esta vez, en esta sala reconvertida en sala de audiencia, eran las mías.
Me puse de pie.
No con el argumento de abogada que Crisanto esperaba.
Con el argumento de alguien que