La hacienda a las dos de la mañana huele a piedra fría.
Lo había aprendido en meses de insomnio selectivo: cada hora tiene su propio olor en esta casa. El mediodía es cedro y sol en la madera. Las seis de la tarde es el jazmín del jardín sur. Las dos de la madrugada es piedra y tiempo.
Esa noche no podía dormir.
No por el tipo de insomnio que viene de los pensamientos que no se quedan quietos. Era otra cosa: una inquietud difusa que el vínculo con Sael traducía como presión sostenida sin direcc