Me dormí con la fotografía de la hacienda boca abajo sobre la mesita.
No fue una decisión consciente. Fue que estaba sentada en la cama revisando los apuntes de la reunión con Ámbar, con el cuaderno nuevo sobre las rodillas y el bolígrafo en la mano, y en algún punto entre la tercera página y la cuarta el cuerpo tomó la decisión que el cerebro llevaba horas postergando.
El cuaderno cayó al suelo.
No lo escuché.
El sueño no empezó como sueño.
Empezó como temperatura.
El calor que el vínculo prod