Convoqué la reunión a las diez de la mañana.
No pedí permiso. Mandé un mensaje por separado a cada uno de los tres: Despacho grande, diez. Traigan a Perla.
Sael llegó primero. Dante llegó segundo y se quedó de pie junto a la ventana sin explicación. Luciano llegó el último, que era su manera de decir que había considerado si venir y decidido que sí, pero en sus propios términos.
Perla estaba sentada en la silla frente al escritorio.
Yo estaba de pie.
—Voy a hablar yo —dije antes de que ninguno