La cafetería donde Ámbar había elegido reunirse esta vez era diferente a la primera: en el centro del barrio universitario, con ruido de fondo suficiente para que una conversación no llegara más allá de la mesa.
Ámbar llegó primero.
La reconocí por la postura —la misma que la primera vez: espalda recta, taza en la mano derecha, ojos en la puerta con la atención desprevenida de alguien que no finge que no está evaluando el espacio.
Me senté.
—Segunda reunión —dije.
—Segunda reunión —confirmó—. T