POV SCARLETT
El eco de la risa de Varya se desvaneció, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que el plomo. Frente a nosotros, en la penumbra del foso de orquesta, los tres hombres de Londres se alzaron como torres de músculo y cicatrices. No eran máquinas; eran carniceros, hombres que habían renunciado a su humanidad hace décadas para convertirse en los perros de presa de la junta directiva. Sus ojos eran fríos, vacíos de todo lo que no fuera obediencia y muerte.
Klaus dio un paso al fr