Los años habían pasado con la lentitud y la certeza de quien no espera nada, pero todo a la vez. Para Sebastián, cada amanecer era un recordatorio de que la vigilancia extrema, las decisiones imposibles y los riesgos calculados habían quedado atrás. Carlos no había vuelto. Ningún mensaje, ningún rastro, ninguna provocación. Nada que justificara siquiera un sobresalto.
El mundo parecía haberse tragado al hombre que había gobernado su vida durante tanto tiempo. Ni el FBI, ni los gobiernos internacionales, ni siquiera la policía local habían vuelto a encontrar pistas. La sombra de Carlos, que había sido constante y omnipresente, ahora era un vacío absoluto. Un silencio absoluto que Sebastián, sorprendentemente, se permitió disfrutar.
Sentado en la sala de su hogar, con la luz de la mañana colándose por los ventanales, Sebastián observaba a Isabella mientras terminaba su desayuno. Había algo nuevo en ella. No era solo la tranquilidad superficial, sino algo más profundo: una relajación gen