Los años habían continuado su curso, pero en casa de Sebastián e Isabella el tiempo parecía moverse a un ritmo distinto. Cada amanecer traía consigo la promesa de un día sin sobresaltos, y cada anochecer cerraba un ciclo de tranquilidad que antes habría parecido imposible. La vida se había asentado como un río silencioso: fluía constante, lleno de calma, y en esa corriente, el amor de ambos crecía lentamente, de manera natural, sin prisa ni obligaciones, pero con intensidad.
Isabella comenzó a