Los años habían continuado su curso, pero en casa de Sebastián e Isabella el tiempo parecía moverse a un ritmo distinto. Cada amanecer traía consigo la promesa de un día sin sobresaltos, y cada anochecer cerraba un ciclo de tranquilidad que antes habría parecido imposible. La vida se había asentado como un río silencioso: fluía constante, lleno de calma, y en esa corriente, el amor de ambos crecía lentamente, de manera natural, sin prisa ni obligaciones, pero con intensidad.
Isabella comenzó a permitirse disfrutar plenamente de la presencia de Sebastián. Sus manos ya no buscaban defensas en cada gesto, ni su cuerpo reaccionaba con tensión ante la más mínima sombra. Cada abrazo, cada caricia, cada roce se convertía en un recordatorio de que podía entregarse sin miedo. Los pequeños gestos del día a día—un beso en la frente al despertar, un café preparado con cuidado, una mirada sostenida durante una conversación—eran ahora actos de amor que llenaban la casa de calidez.
Una tarde, mientr