El vacío tiene un sonido propio. No es estruendo ni gritos. Es el silencio de las cosas que dejan de pertenecer. Esa fue la primera señal de que estaba perdiendo todo.
El apellido Millán ya no pesaba como antes. Antes era una llave, una coraza, un bastón invisible con el que sostenía mi lugar. Ahora era solo un adorno vacío, una inscripción que otros utilizaban sin preguntarme. Documentos que firmaban sin mí, decisiones que se tomaban mientras yo observaba, sin voz, sin injerencia.
Lo sentí por primera vez cuando recibí un aviso del banco: mi acceso a algunas cuentas había sido restringido temporalmente. Procedimiento rutinario, dijeron. Pero la palabra “temporal” no me consoló. La seguridad había sido revocada, aunque fuera un instante, y en ese instante comprendí que podía ser reemplazada. Que siempre lo había sido. Que, quizá, incluso desde el primer día, nadie había dependido de mí realmente.
Caminar por la casa era otra señal. Cada puerta, cada objeto, parecía colocado allí por o