Abrí los ojos sin saber por qué. No hubo transición, ni luz blanca, ni alivio. Solo una sacudida interna, como si algo me hubiera empujado de vuelta a un cuerpo que ya no reconocía como propio. Todo giraba. El techo se desplazaba lentamente, luego demasiado rápido. Tuve que cerrarlos otra vez. El mundo no estaba preparado para ser visto. O tal vez era yo la que ya no estaba preparada para seguir aquí.
El olor fue lo primero que reconocí. No era el de la casa. No era el silencio limpio del final que había imaginado. Era metálico, rancio, mezclado con humedad y desinfectante barato. El aire pesaba. Cuando volví a abrir los ojos, la realidad terminó de caer sobre mí con una claridad insoportable.
La prisión.
Las paredes grises, demasiado cercanas. La luz dura, artificial, sin matices. El sonido lejano de pasos, de puertas, de voces amortiguadas que no decían mi nombre. Seguía encerrada. Mi cuerpo estaba aquí. Yo seguía aquí.
Intenté moverme. El intento fue torpe, inútil. Algo me ardía en