Recuerdo haberme sentado en el salón, sola, observando los objetos que una vez representaron poder, orden y autoridad. Cada uno era ahora un testigo de mi fracaso silencioso. Los muebles no eran míos, el espacio no era mío, y lo peor: el respeto que antes generaban estaba ausente. Isabella, aunque no estaba presente, parecía haberse instalado en la geometría de todo lo que yo había sostenido. Y yo, que siempre había manejado los fantasmas y las ausencias con precisión, me sentí derrotada sin co