Recuerdo haberme sentado en el salón, sola, observando los objetos que una vez representaron poder, orden y autoridad. Cada uno era ahora un testigo de mi fracaso silencioso. Los muebles no eran míos, el espacio no era mío, y lo peor: el respeto que antes generaban estaba ausente. Isabella, aunque no estaba presente, parecía haberse instalado en la geometría de todo lo que yo había sostenido. Y yo, que siempre había manejado los fantasmas y las ausencias con precisión, me sentí derrotada sin confrontación.
Mi mente comenzó a traicionarme de formas que no esperaba. Recuerdos del accidente de Eva emergían mezclados, distorsionados, como si mi propia narrativa se revelara contra mí. Cada detalle se combinaba con otras escenas, otras palabras, otras verdades que podía o no recordar correctamente. Me sorprendía a mí misma corrigiendo memorias, reinterpretando gestos, reescribiendo hechos como si pudiera rescatar algo de mi autoridad perdida. Pero incluso estos esfuerzos ya no tenían efecto