Acto 12

La casa estaba en calma. No había ruidos inesperados, no había órdenes ni gritos, ni conversaciones a medio terminar. Solo la luz suave entrando por los ventanales, deslizándose sobre los muebles, sobre las alfombras, sobre las paredes que habían sido mías y ahora eran testigos silenciosos de mi irrelevancia. Cada objeto parecía decirme: “Esto sigue funcionando sin ti”.

Caminé lentamente por el salón, tocando los respaldos de los sillones como si quisiera asegurarme de que estaban ahí, que segu
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