La casa estaba en calma. No había ruidos inesperados, no había órdenes ni gritos, ni conversaciones a medio terminar. Solo la luz suave entrando por los ventanales, deslizándose sobre los muebles, sobre las alfombras, sobre las paredes que habían sido mías y ahora eran testigos silenciosos de mi irrelevancia. Cada objeto parecía decirme: “Esto sigue funcionando sin ti”.
Caminé lentamente por el salón, tocando los respaldos de los sillones como si quisiera asegurarme de que estaban ahí, que seguían siendo reales, que aún tenían sentido. Mis dedos rozaban la superficie fría del mármol, y un estremecimiento me recorrió. La casa estaba viva, sí, pero sin mí. Yo era un intruso que ya no importaba.
Carlos apareció un instante, entrando por la puerta del despacho con esa calma que alguna vez me había tranquilizado, que alguna vez había creído necesaria. Pero ahora no había calor en su gesto. No había reconocimiento ni expectativa. Solo neutralidad, correcta y distante.
Me sorprendí deseando