Comprendí entonces que no había nada más que exprimir de mí misma. Ningún rol nuevo que asumir, ninguna estrategia que ensayar. Ya no tenía fuerzas para reinventarme. No porque no fuera posible, sino porque no lo deseaba. La idea de empezar de nuevo, desde un lugar donde no era el centro, me resultaba insoportable.
El mundo no me debía nada. Eso también lo entendí. No había injusticia en mi caída. Solo coherencia. Había vivido para ocupar un lugar, y ese lugar ya no existía. Seguir viviendo sig