Comprendí entonces que no había nada más que exprimir de mí misma. Ningún rol nuevo que asumir, ninguna estrategia que ensayar. Ya no tenía fuerzas para reinventarme. No porque no fuera posible, sino porque no lo deseaba. La idea de empezar de nuevo, desde un lugar donde no era el centro, me resultaba insoportable.
El mundo no me debía nada. Eso también lo entendí. No había injusticia en mi caída. Solo coherencia. Había vivido para ocupar un lugar, y ese lugar ya no existía. Seguir viviendo significaba aceptar una versión de mí que no reconocía, que no respetaba, que no podía sostener.
Y por primera vez, sentí algo parecido a la compasión hacia mí misma. No como absolución, no como perdón. Como reconocimiento del límite. Hay personas que se adaptan a la pérdida. Otras no. Yo no supe cómo hacerlo.
Ese cansancio, profundo y definitivo, se asentó en mí con una calma extraña. No había prisa. No había urgencia. Solo la certeza de que ya no quería seguir actuando, sosteniendo, existiendo de