LEV
El silencio del despacho era apenas interrumpido por el tic constante del reloj de pared. Llevaba más de treinta horas sin dormir, con el mismo abrigo desde el atentado, el mismo corte abierto en la ceja, y la misma presión en el pecho que no lograba desaparecer. Había dejado a Anya en coma inducido por recomendación médica, con la promesa de que su sistema nervioso no aguantaría otra oleada de alucinaciones. Y ahora, mientras ella dormía conectada a máquinas, yo tenía que encargarme de lo