La primera vez que Lev vio a su hermano con las manos manchadas de sangre tenía solo once años. La puerta se abrió sin ruido, pero el olor metálico lo despertó. Ruslan entró cojeando, la camisa rota, el rostro amoratado. Lev se sentó en la cama sin hablar. No sabía cómo preguntar qué había pasado. Tampoco hacía falta.
—No quiero seguir —susurró Ruslan, y su voz tembló de un modo que Lev nunca había oído antes—. No voy a seguir. Esta noche renuncio.
Lev no entendía todo, pero entendía lo esencia