LEV
Velvograd seguía oliendo a montaña y pólvora, a madera seca y metal aceitado. La neblina no se levantaba hasta bien entrada la mañana, y las garzas que cruzaban el cielo eran las únicas testigos del poder que se gestaba en sus entrañas.
El convoy entró sin detenerse, con las matrículas ocultas y los cristales polarizados. Mis hombres ya sabían la rutina: nadie dispara, nadie corre, nadie interrumpe. El silencio era la bienvenida más clara que podían darme.
Me esperaban al menos veinte en la