LEV
Velvograd no era una ciudad. Era un refugio, un símbolo, una frontera entre el mundo y mi imperio. Encajada en las montañas, invisible desde el aire y con rutas ocultas que solo mis hombres conocían, funcionaba como la columna vertebral de mis operaciones. Desde allí distribuíamos armas, gestionábamos contrabando, trazábamos alianzas. Era la capital de mi sombra.
Y estaba a punto de abandonarla por unos días.
Tenía que hacerlo. La tensión en Voravia era palpable, mis hombres estaban inquiet