El doctor y la enfermera salieron de la habitación, dejando tras de sí un silencio denso, apenas sostenido por el sonido agónico del monitor cardíaco.
Dianella permaneció en pie, firme como una roca.
Los demás seguían ahí. Mirándola. Odiándola. Temiéndola.
—¡¿Cómo te atreves?! —gritó Karen, temblando de furia.
Su mano se alzó, lista para abofetearla, pero Thomas la detuvo en seco.
—¡Basta! —dijo, con voz firme.
Entonces, una voz inesperada resonó en la habitación, débil pero nítida.
—Vete de a