Dianella sintió que el corazón se le detenía cuando vio la escena: la jeringa brillante, amenazante, alzada como un arma en la mano de Karen. Intentó correr hacia ellos, pero la mujer se giró y le gritó con una voz cargada de furia y desesperación.
—¡Si te acercas, lo mato!
Sebastián forcejeaba, débilmente, su brazo atrapado por aquella mujer que alguna vez consideró su aliada, su compañera. Pero ahora... ahora era su verdugo.
—¡Karen, suéltame! —gimió con voz quebrada, mientras el sudor le corr