—¿Me cumplirás mi deseo, amor? —susurró Belén con una sonrisa torcida, venenosa—. ¿La humillarás como yo quiero?
Iker guardó silencio. En su mirada había una sombra, una grieta.
El silencio se hizo espeso. Por un instante, pareció que algo en él dudaba, que el peso de lo que estaba por hacer lo rozaba, siquiera un poco.
Pero esa duda se evaporó como humo cuando vio los ojos de Belén, exigentes, dominantes.
Finalmente, asintió con lentitud, como quien firma su sentencia.
—Sí… lo haré.
Belén estal