En el imponente salón de eventos, las luces brillaban con fuerza sobre los rostros más influyentes de la ciudad. El aire olía a perfume caro, secretos no dichos y ambiciones reprimidas.
Sebastián Ocampo, con su porte de hombre respetable, pero desgastado por los años, dio un paso al frente en medio del alboroto.
—Esto… —balbuceó, con un trago de vino amargo en la garganta—. Esto es un malentendido. Olvidémoslo.
Dianella lo miró como si de pronto se le hubiera desfigurado el rostro. Sus ojos, ant