El abuelo Durance sintió que el mundo se detenía. Dio un paso hacia atrás tambaleándose y llevó una mano temblorosa a su pecho, como si intentara calmar el estruendo que repentinamente azotaba su corazón.
Su respiración se volvió pesada, densa, como si algo invisible le oprimiera el pecho.
Sus ojos, cansados por los años y el peso de la vida, se movieron con desconfianza entre el joven desconocido y la mujer que alguna vez había considerado una aliada.
—¡Quiero pruebas! —rugió, con una furia que