—¡Hablen ahora! —exigió el abuelo con la voz firme, golpeando la mesa con la palma abierta.
El joven dio un paso al frente con una arrogancia, que contrastaba con el temblor visible en su madre.
Sus labios se curvaron en una sonrisa altiva mientras miraba al viejo Durance con descaro.
—Quiero un millón de euros —dijo sin rodeos, con una seguridad que parecía ensayada—. Y el secreto será suyo. Tenemos pruebas irrefutables de lo que venimos a revelar.
El anciano entrecerró los ojos. No le gustaba