Leonard Wessex caminaba descalzo sobre el suelo helado, con la camisa a medio abotonar, el cabello húmedo por la ducha, pero el cuerpo aún caliente… por ella, por abril.
La había tenido tan cerca que su perfume aún se aferraba a sus muñecas como un pecado. Podía olerla al respirar. Podía verla si cerraba los ojos. Sentía la presión de su espalda contra el acero del ascensor, la mirada rabiosa y confusa que ella le clavó antes de huir.
Y lo peor…
Lo peor era que quería volver a olerla. Volver a