La pantalla del móvil parpadeaba con insistencia. Una llamada.
Leonard dudó en responder. Eran de madrugada, y la ciudad dormía bajo una lluvia fina que apenas tocaba las ventanas. Su pecho, aún agitado, se elevaba con dificultad. Tenía el rostro empapado y las manos temblorosas.
Deslizó el dedo.
—¿Hola?
Hubo silencio. Y luego, un veneno que se deslizó por su piel sin ser visto:
—Hola, Leonard. Te he extrañado tanto.
El tiempo se detuvo.
El agua del grifo seguía corriendo, pero no la escuchó. No