El taxi zigzagueó entre el tráfico de Londres como una bala perdida, pero para Abril el mundo se movía en cámara lenta. La llave de Alexander —aún caliente por el contacto con su piel— le quemaba el bolsillo del abrigo como un trozo de carbón vivo.
¿Una trampa?
La voz de Wolfe resonaba en su memoria: "Leonard guarda sus secretos ahí". Pero ahora ese mismo hombre yacía en un hospital, con los labios azules y las venas llenas de veneno. Demasiada coincidencia.
El auto frenó bruscamente frente al