El zumbido de las máquinas se había estabilizado. El pitido del monitor cardíaco era firme, constante. Leonard seguía inconsciente, pero ya no luchaba por respirar.
Abril estaba sentada, con las manos entrelazadas y el rostro sin expresión, como una máscara helada. La llave seguía en su abrigo, invisible, pero pesando como una piedra.
Su suegra cerró la puerta tras ella con un clic suave, casi ceremonial.
—Nunca imaginé que tendrías el valor de quedarte —dijo, caminando hacia la ventana sin mira