La llamada llegó cuando Valeria apenas había cerrado la puerta del taller tras Gabriel. El nombre en la pantalla no le resultaba familiar: un número estadounidense con prefijo de Nueva York. Por un instante consideró ignorarlo—llevaba veintitrés horas despierta y su capacidad para lidiar con más complicaciones se había agotado hacía rato—pero algo en la persistencia del timbre la hizo contestar.
—¿Valeria Hidalgo? —La voz era masculina, con un acento americano pulido por años de educación cara—.