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La luz del taller se había vuelto cruda, casi ofensiva en su claridad implacable. Valeria caminaba por las calles de Malasaña con pasos que se sentían demasiado pesados, como si cada centímetro de distancia que ponía entre ella y el Hotel Ritz fuera un esfuerzo físico que le costaba más de lo que debería. El aire de Madrid olía a escape de autobuses y café recalentado, pero todo lo que ella podía percibir era el aroma del perfume caro de Marcus Webb adhiriéndose a su piel como evidencia de un cr