La aguja se deslizó entre los dedos de Valeria con una torpeza que habría resultado cómica si no fuera porque llevaba veintitrés horas despierta. El hilo se negaba a cooperar, enredándose en nudos imposibles mientras ella intentaba por quinta vez consecutiva coser el dobladillo de seda azul que debía estar terminado hace tres días.
Tres semanas.
El número parpadeaba en su mente como un contador regresivo implacable. Veintiún días hasta París. Dieciséis piezas que necesitaban ajustes. Catorce lla