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El pasillo del Hospital San Rafael se extendía ante Valeria como un túnel interminable, sus paredes blancas reflejando la luz fría de las lámparas fluorescentes que zumbaban con un ritmo hipnótico. Eran las tres de la madrugada y sus pasos resonaban contra el linóleo con una urgencia que contrastaba brutalmente con el silencio sepulcral que envolvía el tercer piso. Había recibido la llamada veinte minutos antes, la voz profesional de una enfermera pronunciando palabras que no había esperado escu