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La luz fluorescente de la UCI parpadeaba con una regularidad que parecía sincronizarse con los latidos erráticos del monitor cardíaco junto a la cama de Catalina. Valeria permanecía de pie en el umbral, sus dedos aferrados al marco de la puerta con una fuerza que hacía blanquear sus nudillos. Habían pasado cinco minutos desde que la doctora Ramírez había salido, dejándola con instrucciones claras: "Tiene veinte minutos. Su corazón está estabilizado, pero cualquier estrés adicional podría ser fat