Mundo de ficçãoIniciar sessãoElla todavía era demasiado joven cuando vivió el peor horror que una chica podía vivir, pero el único hombre que puede conseguirle su venganza no acepta dinero por su crueldad. Su precio es distinto: él cobra en lealtad y devoción. Cinco años de servicio por matar al hombre que odia. Cinco años en absoluto silencio porque a él le gusta el silencio a su alrededor. Ese es el trato, y no queda otra opción que aceptarlo porque nadie más puede ayudarla. “En el mundo hay magnates, millonarios, presidentes, mafiosos… y luego está él, el monstruo que los mantiene a todos despiertos en las noches… y lo llaman Diávolo”.
Ler maisCAPÍTULO 1. Il Diávolo
La sangre caía de su boca, haciendo una mezcla asquerosa con el sudor y la suciedad sobre aquella alfombra de burdel de lujo. Quizás eso era lo peor de todo… el olor. ¿Cómo podía oler tan mal el sitio de depravación más exclusivo del bajo mundo londinense?
Y la respuesta fue aquel cuerpo que arrastraron fuera de la habitación. El cuerpo de su madre. Ella la había escuchado gritar cientos de veces, miles de veces, pero las dos tenían las manos atadas a la espalda. No había podido hacer nada más que… ver, y sabía que ella era la siguiente.
Cada latido de su corazón retumbaba en sus oídos, tan fuerte que apenas podía escuchar las voces que discutían al fondo de la habitación. Pero no podía moverse, solo esperar.
Sus manos ya no temblaban. Con la mejilla pegada al suelo, no podía apartar la vista del rastro que había quedado detrás del cadáver. Era la siguiente, lo sabía, pero de pronto aquella voz fría se alzó de nuevo en la habitación:
—Guárdala para la próxima semana —sentenció el hombre—. Vendré por ella.
La chica ni siquiera levantó los ojos, no necesitaba mirarlo más: después de lo que había pasado sería capaz de verlo hasta con los ojos cerrados. Cuarenta años… mirada penetrante, oscura y excitada… irradiaba poder… se limpiaba la sangre de las manos como si le molestara…
—¿Seguro que no la quieres ahora? —preguntó una mujer desde la puerta.
Era Madame Lorraine, la regente del burdel. Su sonrisa era fina, calculadora, como si el cadáver que acababan de sacar por la puerta fuera simplemente un mal menor, comparado con el problema que era soportar a la chica otra semana.
—Lo estoy —respondió el hombre sin mirarla—. Acaban de llamarme del trabajo, los problemas de Estado nunca terminan. Siempre hay una estúpida guerra que contener —bufó con fastidio—. La próxima semana vendré por ella.
De los ojos de la chica salieron nuevas lágrimas, pero no era capaz de decir nada, solo sentía cómo el miedo la atrapaba, paralizándola.
El hombre se dio media vuelta y salió sin una palabra más, escoltado por sus guardaespaldas. La puerta se cerró con un clic sordo, y en ese momento supo que su destino estaba sellado. Una semana y él volvería por ella.
Las horas pasaron en un borrón de lágrimas y desesperación mientras la llevaban a rastras a una de las habitaciones comunes y la tiraban en un rincón junto con otras chicas. Ella era la más joven de todas.
Se cubrió la cabeza con los brazos y sollozó con desesperación hasta que una mano la hizo levantarse y la llevó al baño más cercano.
—Oye… —La voz suave y baja de Felicia rompió el silencio.
La chica la miró. Felicia, una de las prostitutas veteranas del burdel, estaba de pie en la puerta y su expresión era triste, casi derrotada.
—Lo siento tanto —susurró mientras se acercaba. Se agachó frente a ella y le puso una mano en el hombro—. Lamento que esto te haya pasado, pero no… no podía intervenir. Él… ese hombre siempre gana...
La chica apretó la mandíbula y sacudió la cabeza.
—Lo mataré —gruñó con la voz rota—. Dijo que vendrá por mí la próxima semana, lo mataré.
Felicia negó lentamente.
—No tienes las fuerzas para eso, ni siquiera para intentarlo. Él te destrozará, igual que lo hizo con… —Felicia se mordió los labios—. Es un hombre demasiado poderoso, no puedes contra él.
—¡Pues alguien tiene que poder! —sollozó la chica—. ¡Alguien tiene que poder o estaré muerta en una semana!
Hubo un silencio tenso. Felicia desvió la mirada, como si estuviera considerando algo que no debía decir, algo que tuviera atorado entre pecho y espalda; pero finalmente suspiró y habló en un susurro apenas audible.
—Hay alguien... alguien que podría ayudarte. Pero es un riesgo aún mayor.
La chica la miró con ojos desesperados.
—¿Quién?
Felicia vaciló, mirando hacia la puerta como si temiera que alguien la escuchara. Se inclinó más cerca de ella y susurró:
—Il Diávolo.
—¿Eso qué es…?
La prostituta pasó saliva, como si fuera un sacrilegio hablar de eso.
—Escucha… en el mundo hay magnates, millonarios, presidentes, mafiosos… y luego está él, el monstruo que los mantiene a todos despiertos en las noches… y le dicen Diávolo —sentenció—. Él puede ayudarte, pero no está aquí. Está en Italia, y… ese hombre no cobra en dinero, cobra en... servicios.
—¿Qué tipo de servicios? —La chica la miró con creciente desesperación.
—No lo sé exactamente —confesó Felicia—, pero si estás dispuesta a pagar cualquier precio que te pida… entonces él te dará tu venganza.
La chica pasó saliva. Sabía que no tenía opciones, pero estar dispuesta a escapar no era suficiente.
—¿Y cómo se supone que lo encuentre? —preguntó porque si hubiera sido fácil escapar de aquel sitio ella ya lo habría hecho desde hacía semanas.
Felicia cerró los ojos, claramente luchando con la decisión, pero después de un largo momento asintió lentamente.
—Yo te voy a sacar de aquí —dijo en voz baja—. Pero eso es todo lo que puedo hacer, tendrás que seguir adelante por tu cuenta.
Lo único que recibió a cambio fue un leve gesto de asentimiento y cuatro horas después, en plena madrugada, Felicia la sacó de aquella habitación y la llevó al sótano del burdel. El aire estaba cargado de humedad, y el olor a sábanas sucias impregnaba el lugar. Frente a ellas había una pequeña compuerta por donde arrojaban la ropa de cama para lavarla y para su sorpresa, Felicia tenía la llave.
—Es tu única salida. Desde aquí llegarás a la calle, pero después estás sola.
—Si Madamme se entera de esto… lo pagarás con tu vida… —susurró la chica con lágrimas en los ojos.
—Yo ya hice las paces con mi vida… pero tú eres muy joven, no te mereces esto. Ahora corre. Solo... corre. No mires atrás —le dijo Felicia ayudándola a subir a la compuerta y con la adrenalina corriendo por sus venas se deslizó por el hueco.
Aterrizó en un montón de sábanas mojadas y sucias. El olor era nauseabundo, pero no tenía tiempo de preocuparse por eso. Empujó las sábanas a un lado y encontró la salida a la calle.
Con el corazón en la garganta, se deslizó afuera, el aire nocturno era frío, y Londres estaba cubierto por una neblina espesa. No sabía adónde ir, pero sabía que debía correr. Sus pies descalzos golpeaban el pavimento, y su respiración era errática, pero no se detuvo.
Correr… correr sin mirar atrás… correr en la madrugada fría de Londres… correr por su vida.
Y quizás el destino estaba de su parte, porque después de lo que parecieron horas, llegó a una estación de trenes de carga mientras uno de ellos comenzaba a deslizarse sobre las líneas. Ni siquiera lo pensó; se coló en uno de los vagones que estaba a punto de salir y se acurrucó en un rincón, temblando y sin aliento.
No supo si fueron días o semanas las que pasó de tren en tren, sin detenerse, sin descansar. Su cuerpo estaba al borde del colapso, y el hambre le quemaba el estómago. Algunas veces recogía comida de la basura en algunas estaciones, y otras mendigaba lo suficiente como para beber o comer algo antes de subirse a otro tren, siempre escondida.
Finalmente, después de lo que pareció una infinidad, escuchó las primeras voces en italiano.
Cuando por fin el tren se detuvo en aquella ciudad enorme, ella apenas podía tenerse en pie. Se bajó tambaleándose, con hambre, con sed y mala suerte, la suficiente como para que aquel grupo de maleantes que esperaban el tren para sacar mercancía que estaban traficando se acercaran a ella.
Fue capaz de detectar las miradas lascivas y llenas de malas intenciones desde el primer instante, pero no tenía cómo defenderse.
—¿Qué tenemos aquí? —murmuró uno de ellos, con una sonrisa perversa; pero en el mismo momento en que la alcanzó por el frente de la chaqueta aquellas palabras salieron de su boca.
—Il Diávolo… —susurró mientras sus ojos se cerraban—. Yo soy de… Il Diávolo…
CAPITULO 50. ContenciónMoon estaba de pie, la piel de sus muñecas rozaba el frío metal de los grilletes que la mantenían atada a la pared, y era extraño que le gustara su peso aunque sabía que estaban abiertos. Solo tenía que apretar una de las gemas para liberarse, pero resultaba que al final Renzo siempre tenía razón y ella no quería escapar.Su respiración era entrecortada y su cuerpo entero palpitaba con una anticipación que parecía crecer con cada segundo que él permanecía en silencio, observándola, explorando cada uno de sus gestos y reacciones mientras subía aquellas cadenas cortas y las anclaba solo un poco por encima de su cabeza.—Estás bien —susurró él y aquello, extrañamente no era una pregunta, como si fuera la declaración de un hecho que ella no podía ver.Los ojos de Moon buscaron los suyos, intentando descifrar la mezcla de suavidad y dominio en su mirada. Quería que la tocara, pero a la vez temía el torrente de emociones que se desbordaría con el primer roce de sus m
CAPÍTULO 49. Donde yo estoy…Renzo la escuchó sollozar suavemente y eso solo lo hizo enojar. ¡Mucho!—Pero las… las sombras…—Yo soy la maldita sombra, niña. Donde yo estoy no hay nada peor, ¿recuerdas?Moon se giró en redondo y lo abrazó, escondiendo la cara contra su pecho por un segundo porque lo necesitaba. De verdad necesitaba recordar que él era el Diávolo, y que en cinco años lo había visto ser lo más cruel que un ser humano podía ser. Justo, pero cruel.—Solo déjate llevar y escucha tus recuerdos. Nadie va a tocarte ahora —le aseguró.Moon respiró hondo y cerró los ojos, dejando que el peso de sus pensamientos tomara forma. Una imagen se formó en su mente, una imagen que había intentado olvidar una y otra vez: ella corriendo, apenas consciente de sus movimientos, huyendo en medio de una oscuridad abrumadora. Sintió el agarre de Renzo sobre una de sus manos, firme y tranquilo, y comenzó a dar algunos pasos, permitiendo que sus pies la guiaran.—Es por aquí… —murmuró, caminando
CAPÍTULO 48. Ecos del pasadoLa molestia parecía generalizada entre la Policía Metropolitana; y Moon intercambió una mirada significativa con Renzo, quien le sonrió con una satisfacción evidente.Solo quince minutos después salían de allí, y el italiano pronunciaba unas palabras a las que hasta él inconscientemente les tenía miedo.—Es hora del siguiente paso —murmuró—. Pero tienes que ser fuerte… porque quizás pueda ser duro para ti.Moon pasó saliva, porque para alguien con tan poca empatía como él, decir aquello era como anunciarle que le iba a doler en serio.—Tenemos que a encontrar el burdel donde te tenían.La muchacha tragó en seco y su mirada se endureció un poco.—No sé dónde está, Renzo… Solo recuerdo que cuando escapé, me deslicé por una especie de boquilla de lavandería y corrí sin parar hasta llegar a una estación de trenes de carga. Todo era un caos, estaba oscuro, y yo… estaba demasiado aterrada.Renzo asintió, considerando sus palabras mientras pensaba en los detalles
CAPÍTULO 47. Control de dañosMoon asintió lentamente, su mente estaba llena de pensamientos oscuros. Sabía que las cosas se complicarían cada vez más, y que el camino que habían elegido estaba lleno de riesgos. Sin embargo, por primera vez en años sentía que tenía el control, que el dolor de su pasado podía convertirse en una fuerza poderosa para enfrentar a quienes la habían lastimado.—Voy a revisar las noticias hasta tarde —murmuró, sin apartar la vista de la pantalla.Renzo sonrió, reconociendo la intensidad en su mirada.—Está bien. Haz lo que necesites —dijo él, levantándose y dirigiéndose al baño.Sin embargo no habían pasado ni cinco minutos cuando la sintió entrar tras él y abrazarse a su espalda.—Creo que necesito otra dosis de ti para poder olvidarme de todo esto… al menos otro rato —susurró y solo sintió la forma en que él se daba la vuelta y tomaba su boca con fuerza, sin decir palabra.El baño estaba cubierto de vapor, y Renzo solo sentía cómo el cuerpo de Moon se amol





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