La fotografía llegó a las 2:47 de la madrugada.
Enzo había estado despierto toda la noche, incapaz de cerrar los ojos mientras Valeria permanecía en observación dos pisos más arriba. La herida en su mejilla había requerido siete puntos de sutura, y aunque los médicos aseguraban que no había daño permanente, la imagen de la sangre corriendo por su rostro se había grabado en sus retinas como una quemadura.
El teléfono vibró sobre la mesita de noche del cuarto de hospital donde había insistido en q