La mañana del sábado amaneció con esa claridad dorada que solo octubre sabía regalar a Madrid, como si el mismo cielo hubiera decidido bendecir el día que Valeria había estado posponiendo durante meses. Se despertó con las náuseas matutinas ya familiares, pero esta vez había algo diferente en la sensación: una mezcla de nerviosismo y anticipación que no tenía nada que ver con los gemelos que crecían en su interior.
—Buenos días, señora Costa —murmuró Enzo contra su oído, su voz ronca por el sueñ