La noticia llegó con la misma delicadeza que un martillo contra cristal. Valeria se encontraba en la camilla de la consulta médica, con la ecógrafa deslizándose sobre su vientre ligeramente redondeado, cuando la doctora Herrera frunció el ceño y ajustó la pantalla hacia ellos.
—Bueno, esto explica las náuseas tan intensas —murmuró, señalando dos formas diminutas que pulsaban en el monitor—. Felicitaciones. Son gemelos.
El silencio que siguió fue tan denso que podría haberse cortado con bisturí.