El aire en la casa de seguridad de Long Island se había vuelto irrespirable. Los papeles del dossier, amarillentos y cargados con el peso de un siglo de engaños, estaban esparcidos sobre la mesa como los restos de una explosión. Katie Moore no lloraba; su dolor se había transmutado en una furia fría, una lucidez cortante que la hacía parecer más alta, más imponente. Miró a Silas, el patriarca marchito, y luego a Leonard, el hombre que le había ofrecido una redención construida sobre los cimient