La casa de seguridad en Long Island se sentía como una trampa de cristal. El eco de la transmisión de Viktor Sinclair aún vibraba en las paredes, y el silencio que siguió fue interrumpido únicamente por el silbido del equipo médico que sostenía la vida de Silas. Leonard Sinclair estaba de pie frente a la ventana, observando las luces de los helicópteros que patrullaban el estrecho. Sus piernas, el milagro de su voluntad, se sentían pesadas, ancladas a un suelo que parecía desintegrarse bajo sus