El amanecer sobre Manhattan no trajo la promesa de un nuevo día, sino el frío cadavérico de una ejecución financiera. Leonard Sinclair observaba desde la ventanilla de una furgoneta destartalada cómo las luces de la Torre Sinclair se apagaban una a una, no por mantenimiento, sino por defunción legal. En menos de sesenta minutos, el imperio que había tardado tres generaciones en construirse se había evaporado bajo el comando de una sola mujer.
—Tarjeta denegada. Cuenta bloqueada. Acceso restring