La decisión se suspendió en el aire como una gota de sangre antes de caer. El helicóptero de James Ford ganaba altura, el motor de turbina bramaba sobre el muelle de carga y el llanto del bebé se perdía entre el estruendo de los rotores. Katie Moore, con los pulmones ardiendo por el gas nervioso y el alma fragmentada, miró hacia la salida y luego hacia abajo.
Malcom estaba en el suelo. Su mano, siempre firme, ahora temblaba mientras intentaba inútilmente presionar la herida en su muslo. La sang