El estudio de arte en el Soho se había convertido en un laboratorio de guerra improvisado. Entre lienzos cubiertos de polvo y bocetos de una vida que Leonard apenas recordaba como propia, el resplandor de las pantallas del equipo de hackeo de Katie proyectaba sombras largas sobre las paredes de ladrillo. Leonard Sinclair, el hombre que una vez figuró en las listas de los más poderosos del mundo, se ajustaba un uniforme de seguridad de la compañía Kuro-Hagané. No tenía insignias de oro, ni telas