El horizonte del Atlántico Norte no era más que un muro de azabache y espuma blanca, pero la silueta de los tres cruceros de guerra de Beatrice Sinclair recortaba el cielo con la precisión de cuchillas de afeitar. Dentro de la plataforma petrolífera, el aire se había vuelto denso, cargado con el estallido de los sistemas eléctricos y el pánico de Marcus Thorne. Leonard Sinclair permanecía arrodillado junto a Katie, su armadura biomecánica emitiendo un zumbido agónico que resonaba en el laborato