El estruendo del helicóptero de James Ford se mezclaba con el rugido de una tormenta atlántica que parecía querer devorar el mundo. Katie Moore, atrapada en la cabina junto al señuelo robótico y un James Ford al borde del colapso nervioso, miró por la ventanilla. El lago de cristal en los Adirondacks no era más que un punto de fuga en la distancia. Ford no se dirigía a un búnker montañoso; el plan de Leonard había sido interceptado por una contramedida que ni siquiera el Diablo previó. James, e